全球陷入无情的“技术霸权”竞赛
2023-04-01 06:22阅读:

新冠病毒大流行、乌克兰战争和国家安全需求改变了政府和企业的关注点,如今全世界都陷入了一场无情的技术霸权竞赛。
企业家和投资者马克·安德烈森曾说:“软件正在吞噬世界。”实际上,不仅是企业正变得技术化,各行各业和政府也是如此。世界变成了一个巨大的“技术栈”:生活的方方面面都充斥着政府、企业家和投资者推动的数字化和创新。从布鲁塞尔到北京,各国政府必须接受技术已经根植于生活的事实,而这不仅是出于经济和提供服务等方面的原因,也是为了将技术纳入地缘政治和外交战略。
本世纪的前20年一直由经济系统的全球化主导,以期消除障碍,促进消费品和原材料的协调流动。这个复杂而脆弱的网络创造了新的经济模式,更有效地连接了市场和各个地区,从而降低了国际贸易成本。在这种经济模式中,购物只需手指轻轻一点。
苹果公司从一开始就明白了这一点,实现了从自产自销向承包商模式的转变,并大大降低了成本。几乎所有的制造商纷纷效仿,创造了所谓的“准时制”,以恰当数量的物料,在恰当的时候进入恰当的地方,生产出恰当质量的产品。这种错综复杂的系统在过去40年里定义了国际贸易,甚至让我们相信地理挑战已经变得不重要。
然而,过去三年发生的情况使这种信念退出了历史舞台。大流行、乌克兰战争和技术对国家安全的重要性已经完全改变了政府和企业的优先事项排列顺序。无论是被描述为“去全球化”还是新的地方主义(近岸外包),全世界正处在一个与1989年11月柏林墙倒塌同样重要的时刻:技术已经变成了国家影响力的重要工具。
专家认为,人工智能最近已经从新兴技术跃升为成熟技术,而这也让西方国家开始担心无法维持过去的卓越地位。2022年3月,美国人工智能国家安全委员会警告说,该国可能会将人工智能的主动权拱手让给中国。数据表明,这种情况是有
可能的。
然而,人工智能对这两个经济体而言都如此重要,以至于即使在今天仍然存在重要的学术合作关系。根据斯坦福大学的数据,自2010年以来,美中在人工智能研究方面的合作增加到过去的五倍,比其他任何两个国家之间的合作增长都要快。但这可能只是表明,学术界并不像许多政治家那样将人工智能视为“零和游戏”。
特朗普政府发起了针对北京的保护主义政策,拜登政府又推出了更为激进的立法措施。这不仅可能使局面转向对美国有利,还可能严重损害中国的技术产业。2022年10月,华盛顿宣布对出售给中国的半导体技术实行新的严格限制。
全世界都知道欧洲大陆的战争,却没人发现美国和中国之间正在进行另一场战争。《芯片与科学法》显示出华盛顿打压北京获得硬件主导地位的意图。在促进国内半导体行业发展的同时,该法也将限制中国获得美国及其盟友生产的芯片。
2020年,出于安全原因,北京字节跳动科技有限公司开发的短视频软件TikTok被特朗普盯上。特朗普政府最初下令将TikTok从应用商店中删除,并批准了一项允许美国公司甲骨文和沃尔玛获得该公司20%股份的交易。虽然该交易没有通过,但美国当局坚持认为字节跳动对美国构成安全风险。
2022年12月,TikTok被禁止在联邦政府设备上使用。
我们已经进入了一个新的时代,世界各国为了迎接重大的全球挑战而展开合作。然而,具有讽刺意味的是,各国政府也在为获得应对挑战的工具而展开竞争。很明显,许多未来的技术,如量子技术和人工智能,都将为那些最快速和有效地开发这些技术的国家提供巨大的经济和军事优势。未来这些技术将如何被应用依然有待观察。
La tecnología se topa con la geografía
La pandemia, la guerra en Ucrania y las exigencias de la seguridad
nacional han cambiado el enfoque de gobiernos y empresas, hoy
enfrascados en una carrera sin cuartel por la primacía
tecnológica.
GREG WILLIAMS
Hace unos meses asistí en Bruselas a una reunión de altos
directivos de empresas de toda Europa. Los temas de conversación
fueron variados, todos marcados por la sensación de crisis. Entre
los asuntos debatidos –en el escenario y animadamente en los
descansos– se hallaba la espiral inflacionista; el aumento de los
costes de la energía; la guerra de Vladímir Putin en Ucrania; los
cuellos de botella en la cadena de suministro; la escasez mundial
de semiconductores; las relaciones entre China y Estados Unidos; la
atonía del crecimiento; la limitación de la oferta de mano de obra;
la demagogia populista; el futuro del trabajo del conocimiento; la
desigualdad económica, y, como un tamborileo en todas las
conversaciones, la urgencia climática.
Lo que no se expresó durante la sesión –pero estaba implícito– fue
el cambio radical producido en cada uno de estos ámbitos en la
última década: todos ellos, en cierta medida, están moldeados y
afectados por la tecnología. Si, como ha observado el empresario e
inversor Marc Andreessen, “el software se está comiendo el mundo”,
entonces no solo las empresas (todas) se han convertido en
tecnológicas, sino también las industrias y los gobiernos. El mundo
ya no es plano, es una gigantesca pila tecnológica: cada faceta de
nuestra vida, desde los sistemas de armamento hasta el último baile
viral, tiene sus raíces en la digitalización y en las innovaciones
impulsadas por gobiernos, empresarios e inversores que han creado
nuevos productos y servicios basados en software y enormes
conjuntos de datos. Los gobiernos, desde Bruselas a Pekín, deben
adoptar de facto la tecnología, no solo por razones económicas y de
prestación de servicios, sino también para incorporarla a sus
estrategias geopolíticas y diplomáticas.
Los primeros 20 años de este siglo estuvieron dominados por un
enfoque globalizado de los sistemas económicos, basado en la
supresión de barreras que facilitaba la circulación coordinada de
los bienes de consumo y las materias primas. Esta red compleja y
frágil creó nuevos modelos económicos, conectó mercados y
geografías de forma más eficiente y abarató el coste del comercio
internacional. Es muy probable que unas zapatillas compradas en
Madrid desde el asiento trasero de un Uber conducido por un afgano
se fabricaran en el sur de China y se transportaran en contenedor
marítimo hasta Rotterdam. Con los años, este ecosistema altamente
orquestado comenzó a funcionar en ciclos de producto cada vez más
reducidos. La fabricación se adaptó a los gustos y tendencias de
los consumidores, que se movían con rapidez e impulsaban un nuevo
tipo de economía en la que comprar estaba a un solo clic.
Apple lo entendió desde el principio: Tim Cook, antes de ser
nombrado consejero delegado en 2011, dirigió las operaciones de la
empresa, supervisando su transformación de fabricar sus propios
productos a un modelo de contratista. Esta decisión estratégica
supuso que sus productos se fabricaran en gran medida en Asia
oriental, un cambio propiciado por empresas como Foxconn, el
fabricante taiwanés de productos electrónicos, valorado en 93.000
millones de dólares, que emplea a cerca de 1,3 millones de
personas, la mayoría en China. El objetivo era reducir el tiempo
que las existencias de la empresa permanecían en su balance, lo que
le costaba dinero a Apple.
Casi todos los fabricantes, desde la electrónica a la automoción,
pasando por los suministros médicos o los bienes de consumo
envasados, siguieron el mismo camino, creando lo que se denominó el
modelo “justo a tiempo” (just in time), que dependía de complejas
cadenas de suministro –orquestadas mediante programas informáticos
y conjuntos de datos– para suministrar la pieza correcta en el
momento adecuado, sin que sobrara nada. Estos intrincados
ecosistemas, que han definido el comercio internacional los últimos
40 años, alentaron la creencia de que los retos geográficos habían
perdido relevancia.
Los acontecimientos de los últimos tres años han relegado esta
creencia a los libros de historia. La pandemia de Covid-19, la
guerra en Ucrania y la nueva importancia de la tecnología para la
seguridad nacional han cambiado por completo las prioridades. Ya se
describa como desglobalización o como nuevo localismo
(nearshoring), nos encontramos en un momento tan significativo como
la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989: la tecnología ha
pasado de ser un nivelador transfronterizo a un instrumento
contundente de influencia estatal.
Lucha por la primacía
China ha sido la nación que con más claridad ha situado la política
tecnológica en el centro de sus intereses internos y externos. En
julio de 2017, un documento del Consejo de Estado resolvió
garantizar que el país se convertiría en la potencia mundial
preeminente en inteligencia artificial (IA), tanto en términos de
investigación como de aplicación. Dicha preeminencia tendrá un
efecto en su competitividad, así como en su seguridad: la mayoría
de los expertos cree que la población de China alcanzará su punto
máximo alrededor de 2030, antes de comenzar a disminuir (en 2022,
por primera vez en seis décadas, China perdió población) y Pekín
considera que la IA ofrece una vía para seguir siendo
competitivos.
La posibilidad de aplicar políticas de un modo imposible en los
países occidentales tiene enormes ventajas para Pekín. Y, como los
expertos creen que la IA ha dado recientemente el salto de ser una
tecnología emergente a una madura, esto aumenta la necesidad de que
Occidente se asegure de mantener la paridad. En marzo de 2022, la
Comisión de Seguridad Nacional sobre Inteligencia Artificial de
EEUU, presidida por el ex consejero delegado de Google Eric
Schmidt, advirtió de que el país podría perder la iniciativa en IA
en favor de China. Los datos parecen indicar que es posible. El
número de artículos académicos que son citados por otros suele
utilizarse como indicador de la calidad de la investigación: en
2020, el testigo pasó de EEUU a China.
Sin embargo, es tal la importancia de la IA para ambas economías
que, aún hoy, sigue existiendo una notable cooperación académica.
Según el Instituto Stanford de Inteligencia Artificial Centrada en
el Ser Humano, “las colaboraciones entre EEUU y China en
investigación sobre IA se han quintuplicado desde 2010 y alcanzaron
un total de 9.660 artículos en 2021, mucho más rápido que el
aumento de las colaboraciones entre otros dos países cualquiera.
Las colaboraciones entre EEUU y Reino Unido, la segunda fuente más
prolífica de investigación transfronteriza, se han multiplicado
casi por tres, hasta alcanzar los 3.560 artículos”. Estos datos
podrían indicar, simplemente, que cada vez se investiga más en este
campo. En cualquier caso, los académicos no lo ven como un juego de
suma cero, como hacen muchos políticos.
Si bien fue Donald Trump quien inició las políticas proteccionistas
contra Pekín, es la administración de Joe Biden la que ha
introducido una legislación más agresiva que no solo podría volver
las tornas en favor de EEUU, sino que podría perjudicar gravemente
a la industria tecnológica china. En octubre de 2022, Washington
anunció nuevos límites draconianos a la venta de tecnología de
semiconductores a China, presentados como necesarios para impedir
que sus fuerzas militares y de seguridad utilicen tecnología de
vanguardia para hacer la guerra, vigilar y reprimir.
El mundo es consciente de la terrible guerra que se libra en Europa
continental pero, casi sin declaración formal, hay otra en marcha
entre EEUU y China. La Ley de Chips y Ciencia demuestra la clara
intención de Washington de recuperar el dominio en hardware
mientras perjudica a Pekín. Al mismo tiempo que impulsa la
industria nacional de semiconductores –se destinarán 280.000
millones de dólares a lo largo de la próxima década, sobre todo en
I+D en áreas como la cuántica, IA, energías limpias y
nanotecnología–, la ley restringe el acceso de China a los chips
producidos por EEUU y sus aliados.
Los semiconductores son en extremo difíciles de fabricar. Las
máquinas que los construyen trabajan a nanoescala (un nanómetro es
la milmillonésima parte de un metro) y son escasas: solo hay cinco
empresas en el mundo capaces de grabar el silicio de esta forma:
tres en California, una en Japón y otra en Países Bajos. Por eso no
fue una gran sorpresa cuando, a finales de enero de este año, las
autoridades holandesas y japonesas concluyeron las negociaciones
con EEUU y anunciaron que también impondrían límites estrictos a lo
que se puede suministrar a China, una medida que dificultará aún
más los intentos de Pekín de desarrollar una industria nacional de
semiconductores. Un mes antes, en diciembre, la Unión Europea
respondió con la aprobación de la Ley de Chips, un paquete de
43.000 millones de euros destinado a garantizar la soberanía
tecnológica de Europa de aquí a 2030.
Ese mismo mes, The Wall Street Journal informó de que Apple, la
empresa más valiosa del mundo, había dicho a sus proveedores que
estudiaran activamente opciones para ensamblar sus productos en
otros lugares de Asia, por ejemplo, India y Vietnam. La medida se
adoptó a raíz de los disturbios de los trabajadores de la enorme
fábrica de iPhone City en Zhengzhou. El objetivo de Apple es
depender menos de Foxconn, que según los analistas fabrica el 70%
de los iPhone de todo el mundo. Aunque Apple seguirá operando en
China, la decisión de la empresa refleja la naturaleza cambiante de
las relaciones sino-estadounidenses y la aparición de otros actores
tecnológicos en la región. Mientras Washington y Pekín estudian sus
próximos movimientos políticos, el hecho de que las dos empresas
más emblemáticas de la era del comercio mundial estén relajando su
relación es un símbolo del desacoplamiento del ecosistema
tecnológico.
TikTok, ¿caballo de Troya?
Culver City, en California, ha sido un centro neurálgico de la
industria del entretenimiento desde la época del cine mudo. Hoy es
la sede de la plataforma de vídeos cortos para móviles TikTok,
propiedad de la empresa china ByteDance. En 2020, TikTok estuvo por
motivos de seguridad en el punto de mira de Trump, quien, tras
ordenar inicialmente que se eliminara TikTok de las tiendas de
apps, aprobó un acuerdo que permitiría a las empresas
estadounidenses Oracle y WalMart a hacerse con una participación
del 20% en la compañía. El acuerdo no se llevó a cabo, pero algunas
autoridades estadounidenses mantienen que ByteDance supone un
riesgo para la seguridad de EEUU, ya que debe cumplir las leyes de
seguridad nacional de China.
En diciembre de 2022, TikTok fue prohibida en los dispositivos del
gobierno federal –el pasado febrero, la Comisión Europea adoptó una
medida similar con sus funcionarios–, al tiempo que una docena de
gobernadores estadounidenses declaraba ilegal que los funcionarios
descarguen la aplicación en dispositivos estatales. A EEUU y la UE
les preocupa que los datos recopilados por TikTok se vendan a
terceras partes y sean instrumentalizados por el gobierno chino. En
segundo lugar, la enorme escala de TikTok significa que podría
utilizarse en operaciones de influencia: en EEUU, los usuarios
pasan más tiempo en TikTok que en YouTube, y es más visitada que
Google. Fue la aplicación más descargada en 2021 y 2022, y su
enorme base de usuarios consume más de 1.000 millones de vídeos
diarios, lo que la convierte en una fuerza cultural global. Poco
después de que el gobierno de EEUU anunciara la prohibición en los
dispositivos federales, un memorando interno filtrado reveló que
los ejecutivos de ByteDance habían examinado la dirección IP de la
periodista de Forbes Emily Baker-White –usuaria de la app y que
cubre la empresa para la revista– con el fin de establecer si se
reunía con fuentes de la compañía.
TikTok mantiene que el gobierno chino nunca le ha pedido datos de
usuarios estadounidenses. Recientemente, la empresa ofreció a un
grupo de periodistas una visita a su Centro de Transparencia y
Responsabilidad en Culver City. Entre pantallas LED gigantes que
mostraban vídeos de la plataforma, muebles de colores chillones y
salas de reuniones con nombres de momentos virales, los visitantes
vieron presentaciones sobre las normas de confianza y seguridad de
la aplicación y experimentaron una demostración interactiva sobre
cómo es ser moderador de contenidos de TikTok. En otro lugar, se
mostraba de forma algo teatral cómo se aborda la transparencia de
los contenidos. Y en una sala protegida se pidió a invitados como
legisladores y académicos que firmaran un acuerdo de
confidencialidad antes de mostrarles el código fuente. Este
despliegue de transparencia depende de la confianza en que la
empresa revelará, en un futuro, cualquier actualización de su
algoritmo.
La iniciativa está ligada al empeño de ByteDance por asegurarse no
solo la confianza de las autoridades en el campo de la seguridad
nacional, sino también la de los legisladores estado-
unidenses. De ahí que hayan anunciado el Proyecto Texas, una
iniciativa en la que empleados de Oracle –que tiene su sede en
Austin (Texas)– podrán auditar el algoritmo de TikTok y supervisar
el traslado a EEUU de los datos relativos a los usuarios
estadounidenses de la plataforma, que antes se almacenaban en
servidores extranjeros. También prevé una nueva filial, TikTok Data
Security (USDS), que será supervisada por un grupo independiente
con experiencia en seguridad. USDS revisará las políticas de
moderación de contenidos y entrenará el algoritmo de TikTok en los
datos de los usuarios estadounidenses. Se trata de un nivel de
responsabilidad que las plataformas estadounidenses gestionadas por
Meta o Alphabet no ofrecen.
En 2020, TikTok fue prohibida en India –junto con otras 58
aplicaciones de propiedad china– y EEUU podría decidir seguir una
política similar: su consejero delegado, Shou Zi Chew, comparecerá
ante un comité del Congreso el 23 de marzo para hablar de las
prácticas de privacidad y seguridad de datos de la compañía.
Hemos entrado en una nueva era en la que los Estados nacionales
cooperan en muchos de los grandes retos globales al tiempo que,
irónicamente, también compiten por las herramientas que resolverán
dichos retos. Está claro que muchas de las tecnologías del futuro,
como la cuántica y la IA, ofrecerán a quienes las desarrollen con
mayor rapidez y eficacia importantes ventajas económicas y
militares. Queda por ver cómo las utilizarán.
https://www.politicaexterior.com/articulo/la-tecnologia-se-topa-con-la-geografia/